Esta es la imagen del Chianti: los campos entre Florencia y Siena, con las iglesias, granjas, campos en flor y muchas vistas inolvidables. A lo largo de la vía Chiantigiana (SS222), que serpentea entre curvas, subidas y bajadas se atraviesan las principales aldeas históricas de la región. Y nos encontramos inmersos en los viñedos de los que proviene el famoso vino tinto del Chianti.
Aunque el área cuenta con servicio de autobuses, le conviene alquilar un coche para poder detenerse a su gusto.
Lo importante, al recorrer la vía Chiantigiana es mantener los ojos bien abiertos, para no perder las señales o carteles que indican la posibilidad de una "DEGUSTAZIONE DI VINO” (Cata de vinos). Casi todas las granjas que producen vino ofrecen la oportunidad de degustar y comprar botellas de Chianti, a un precio inferior al que se consigue en las tiendas.
Después de un buen café puede retomar su viaje y "dejarse ir" (ojo con las curvas de la carretera) entre los verdes paisajes y filas ordenadas de cipreses. Le parecerá retroceder en el tiempo, hasta que no llegue a Castellina in Chianti.
Castellina es un pueblo que parece haberse detenido en el 400, con sus murallas fortificadas, el antiguo castillo con la torre y la vía “delle Volte” donde se asoman enotecas y tiendas de vino y aceite. Si desea internarse todavía en el Chianti, puede pasar primero por Radda, un pequeño pueblo medieval, y luego por Gaiole donde está la Cooperativa de Agricultores Chianti Geográfico que reúne a más de 200 productores locales.
Llegada la noche, puede concluir la jornada alcanzando el Castillo di Brolio (a 10 km al sur), propiedad del barón Ricasoli, un ex primer ministro italiano, que por años se ha dedicado a su vino. Primero una visita a las cantinas con degustación guiada y, en fin una cena en la taberna entre los sabores y aromas de la Toscana, con ingredientes frescos cultivados en las inmediaciones del castillo.